NO FUERON LAS PASTILLAS, FUERON LOS HOMBRES DE GRIS
 
 No se reitera ni se dice nada nuevo al afirmar que la imagen está en el centro de las confrontaciones políticas y religiosas hoy. Y quizá, siempre lo estuvo. La imagen evangelizadora, con la que se invadió el cuerpo y el espíritu en la conquista americana sigue en el centro de las disputas, acompañó y acompaña a quienes gobiernan. La antorcha y la espada pasan de mano en mano y esa lucha la testifican éstos grabados, como testifican el tiempo cíclico de la historia de América, gobernada por Virreyes y caudillos, por generalazos, por torturadores y buitres de cuello blanco. 
Este lazareto, como su nombre mismo explica, es una alegoría del mundo represivo, hiper vigilado y excluyente que vivimos, y surge a partir de la corta “primavera brasilera”, la serie de protestas populares  surgidas en el año 2013, a mitad entre la Copa del mundo y la Olimpiada de Río. 
Los disparos de los uniformados a la cara con balas de goma, buscando cegar a periodistas, fotógrafos y camarógrafos, son hechos de guerra intencionales, y se dieron en varias ciudades de Brasil, sentando un precedente que se creía era parte del pasado. Presentía ya la artista, la consagración continental de la nueva clase social que domina el mundo, sus Panama papers y sus escándalos de Odebrecht. 
En estas imágenes, que podrían ser parte de un libro de emblemática contemporánea, vemos 
rostros de mujeres que lamen los lastimados rostros
rostros que lavan rostros
rostros que curan rostros 
rostros de prostitutas extraídos de la pornografía 
rostros permitidos por la dictadura 
rostros que simulan, que sienten placer
entre el libertinaje, la permisividad pornográfica
y la represión a las expresiones populares 
Santiago Rueda